¿Qué vivifica un cuerpo?

 

Encuentro del 27 de Octubre de 2021 

Liliana Zaremsky – Cecilia Rubinetti – María Marciani





Arreglos y desarreglos

Otra Ronda

  

Liliana Zaremsky  

 

En esta reunión vamos a trabajar sobre el filme “Otra ronda” (1), dirigida por Thomas Vinterberg, quien nos introduce desde el inicio, en la idea del paso del tiempo y la muerte, enmarcando la película con dos frases en las que Kierkegaard califica la juventud y el amor como un sueño, ficcional y efímero.  

El escenario: Un colegio secundario.   

El entorno: Una Dinamarca, en la que todo el mundo bebe.  

Los actores: Jóvenes que se alcoholizan en su tiempo libre y cuando están en clase se zambullen en sus celulares, interactuando con profesores que no conectan y no logran ninguna transmisión.  

El contraste: Dos momentos de la vida, adolescencia y adultez  

En ese contexto, nos presentan a Martin, un profesor de historia, que se muestra más desconectado que los otros. Inhibido y aburrido ante sus alumnos, ausente de sí mismo, sombrío en su propia clase. A punto tal, que recibe un llamado de atención desde la dirección del colegio. Padres y alumnos, le demandan clases a la altura de los requerimientos que tendrá la universidad. “Usted parece indiferente”, le reclaman.  

La escena familiar, también nos muestra un Martin silencioso y ensimismado, indolente, como petrificado. “No eres el Martin que conocí”, le dice su esposa.   

La relación matrimonial parece muerta en vida, y cada uno anda por su lado.  

Así, este personaje vacío, acude inicialmente con desinterés, a un festejo de cumpleaños.   

Se trata de una reunión entre colegas, 4 hombres que se encuentran a cenar.   

Entre brindis y comida, las palabras se lanzan al ruedo, y el llamado de atención que recibió en el colegio, entra como tema en la conversación.   

Martin, que hasta el momento no había bebido alcohol, se angustia, y diciendo que sería mejor irse, intenta sacar el cuerpo de la escena…una vez más.  

Pero, dejándose envolver por las voces amigas, se deja alojar, se deja tocar por sus palabras, se queda, y saliendo de su cárcel de aislamiento, comienza a contar que en su vida no pasa mucho, que casi no ve gente, que casi no ve a su esposa, y que no sabe cómo terminó en este estado.   

Alude brevemente a la muerte de su padre, y al lugar que su mujer fue tomando para él. Madre de sus hijos, vaciada de erotismo, juntos hasta la muerte, para cuidarse en la vejez.  

Los amigos le recuerdan que 12 años antes, lo veían como un gran hombre, con una tesis y un cargo de profesor universitario esperándolo, pero Martin no acudió a esa cita. “Los hijos chicos”, dice, para explicar su dejar caer.  

Le recuerdan que caminaba por las calles haciéndose el duro, y que bailaba muy bien. Y ofreciéndole un trago, sentencian: “Lo que te falta es seguridad y alegría”.  

Beben, comen, ríen juntos; la calidez del encuentro le permite una apertura. Martin se enciende, baila…se vitaliza y terminan jugando como chicos en la calle.   

De esa noche surge un plan entre los cuatro, mantener un bajo nivel de alcohol en sangre les permitiría tener seguridad y vitalidad. Vivificar el cuerpo, y parar los pensamientos obsesivos y las ideas de muerte, que el director va evocando con canciones e himnos, como telón de fondo, a lo largo del filme.   

El proyecto toma el carácter de una investigación. Quieren medir resultados, y que no se les escape de las manos. Para ello ponen pautas; horarios de consumo, días libres de alcohol, medidores de aliento…y el plan se pone en marcha.  

Con estos nuevos estímulos, los días en el colegio adquieren otra tonalidad.   

Por un lado, cierto efecto benéfico del alcohol a baja dosis. Por el otro, el secreto entre los 4 consolida el lazo, y los alegra. Comparten momentos, música, futbol, están atentos. Se cuidan entre sí, y estimulan los lazos con y entre sus alumnos.  

Martin se libra de sus ataduras, está más activo, y señala que, incluso estando sobrio, no se ha sentido así de bien, en años. Su cuerpo vivo, recuperado de la mortificación obsesiva, es un cuerpo con el que puede contar, lo tiene, siente que lo tiene.  Entusiasmado con este arreglo, se reencuentra con la pasión por la disciplina que dicta, con sus alumnos, con su mujer, con sus hijos. Pero, en el momento en que dice tibiamente que es hora de bajarse del experimento para volver con su familia, cede a la tentación, bebe un vaso más, y ya no puede parar.  

Es allí donde el exceso juega su partida, y lo arrastra desarmando su arreglo.  

La cara cruda de la pulsión de muerte, por la vía del goce fálico-pulsional, lo deja tirado en la calle. Roto, y rompiendo lo que había recuperado.  

Alcoholizado y agresivo, discute con su mujer y la echa de la casa.  

En paralelo, la muerte de Tommy, uno de los 4 amigos, podría ser un reflejo de su destino.  

Pero, Vinterberg nos muestra un final esperanzador por la vía del amor.  

El mensaje de su mujer en el chat: “Yo también te extraño”, le inyecta vida y lo vuelve a enlazar. Martin se une al festejo con sus alumnos; la música le resuena en el cuerpo, y se lanza a bailar apasionadamente.  

Lacan nos habla de la danza en la clase del 11 de mayo de 1976, casi al final del Seminario 23 (2), cuando habla del “ego como corrector de la relación faltante, es decir, lo que en el caso de Joyce no anuda de manera borromea lo Imaginario con lo que encadena lo Real y el inconsciente”. Allí, distinguiendo el cuerpo, del sujeto del inconsciente, nos propone el término condanzación (3). E. Laurent, en El reverso de la biopolítica (4), lo explica diciendo que se trata de un neologismo que del lado del cuerpo, correspondería a lo que del lado del sujeto del inconsciente sería condensación. “Lacan destaca el abordaje del cuerpo por el goce, y se sorprende de que ya no se trata de la danza al servicio del cuerpo, ni del cuerpo ofrecido a la danza. Lo que está en juego es el cuerpo que sirve al goce. En las manipulaciones del sinthome como fuera de cuerpo, Lacan imagina una danza del cuerpo con el Sinthome.”   

Una condanzación de goce, sería entonces, la expresión del goce del cuerpo, que se produce por el anudamiento del Imaginario con lo Real, por fuera de lo Simbólico.  

Lo que Martin nos enseña es que también en la neurosis se trata de arreglos y desarreglos. Y nos muestra la pelea constante del obsesivo con la mortificación que lo deja siempre “por fuera” de juego, los arreglos que logra cada vez que alguna apertura a la Otredad lo vivifica…y cómo se desarregla cuando la pulsión lo vuelve a enredar.  

  

  1. Referencias:

  2. (1) Tomás Vinterberg, Otra ronda, Dinamarca 2020

  3. (2) J.Lacan. Seminario 23. El Sinthome. Capítulo X, pág. 149  

  1. (3) Ibíd. Pág.152  

  1. (4) E.Laurent, El reverso de la biopolítica. Pág 120  

 





¿Qué vivifica un cuerpo?  

  

Cecilia Rubinetti   



La pregunta sobre cómo se sostiene un cuerpo nos viene guiando desde que empezamos nuestros encuentros. Este año pusimos más fuertemente el énfasis en el arreglo sinthomático. Este planteo implica una vuelta más, que tiene un esbozo de respuesta a esta pregunta fundamental que nos sigue interpelando. Si un cuerpo se sostiene, se sostiene del sínthoma, del arreglo singular que cada quien pudo inventarse. ¿De qué está hecho ese arreglo? ¿Cómo funciona? ¿Qué articula y cómo? ¿Qué resuelve y cuáles son sus alcances? ¿Dónde falla y por qué? Todas estas preguntas nos fuerzan a intentar precisar más cada vez.   

La lógica del sinthoma, de los arreglos sintomáticos, toma a la psicosis ordinaria en su punto revelador, nos servimos de una clínica que deja entrever mejor la singularidad y la necesariedad de la invención. Es una clínica que nos aleja del espejismo de lo común y nos enseña sobre un punto estructural de anudamiento, no privativo de la clínica de las psicosis.   

El cuerpo del parlêtre es abordado por Lacan desde la perspectiva de Joyce. Partimos de RSI como registros separados, heterogéneos que no consiguen mantenerse juntos si no es por el sínthoma. Nada en el ser hablante funciona al servicio de la preservación de la vida. Este hallazgo lo encontramos ya en Freud en su conceptualización de la pulsión de muerte. La posibilidad de articularse al mundo y a la vida no depende en el parlêtre de ningún instinto, no venimos programados para la supervivencia y la preservación de la especie sino más bien lo contrario. Para poner un ejemplo básico, el acceso a la ingesta mínima de alimento para posibilitar la vida, depende en el ser hablante de la erogeneización de la zona, del brillo fálico que toman o no los objetos, del circuito de deseo que los sostiene. Y esto mismo que funciona como articulación a lo mínimo indispensable para el vínculo con los objetos del mundo, constituye por su funcionamiento, tal como lo define Lacan en La Tercera, una amenaza para el sostenimiento de la consistencia corporal. Esa erotización fálica en su infinitud, en su funcionamiento que ya Freud identificó del lado de la pulsión de muerte amenaza constantemente la consistencia misma del cuerpo. Es un circuito que persigue la entrada de goce en el cuerpo pero paradójicamente no lo consigue, el goce pulsional no entra al cuerpo, queda fuera de cuerpo, queda en los bordes. Sabemos que es un circuito que no se sostiene en la necesidad. Queda tomado por el intento de llenar un vacío. Consigue una satisfacción que en su modalidad fuera de cuerpo pide siempre más, no cesa en su intento imposible de hacer entrar goce en el cuerpo. Bordea un vacío imposible de llenar por esta lógica.   

El síntoma fue entendido históricamente como una transacción. La tradición de lo que entendemos por síntoma fue siempre al lugar de la formación de compromiso, de una operación que consigue limitar, prohibir y luego recuperar un goce. El problema del síntoma viene planteado hasta acá en una perspectiva simbólico-real: cómo desde lo simbólico se consigue atemperar y regular el exceso de lo real del goce.   

La última enseñanza de Lacan da un giro a esta lectura. La perspectiva nodal del síntoma introduce algo más. Encuentra incluida en el síntoma otra parte más muda e invisible que escapa a la lógica paterna de represión de este exceso y su retorno. Se entiende por qué la psicosis ordinaria es la vía privilegiada para entrar a esta otra lógica. Los casos en los que no nos encontramos con la manera más “clásica” de resolver el exceso de goce fálico nos ilustran y nos acercan a poder pescar mejor un armado del síntoma desde esta perspectiva. Pero sabemos que no es una lógica que Lacan reserve a la psicosis. Sino que el encuentro con la solución Joyceana le fue permitiendo a Lacan una clave de lectura distinta de la estructura del parlêtre. El síntoma pasa de ser el retorno de lo reprimido, de ser lo que no anda, a ser ya un modo de arreglárselas con un no hay estructural, propio del ser hablante.   

El sínthoma es entonces desde esta perspectiva lo que permite sostener el cuerpo. Dentro del síntoma, de lo que mantiene juntos los tres registros, tenemos tres intersecciones que son posibles sólo porque existe el síntoma como cuarto que mantiene unido lo disyunto. En esas intersecciones entre simbólico y real tenemos la zona que más fue estudiada en la doctrina del psicoanálisis desde Freud, que implica al goce fálico y su exceso. En la intersección entre imaginario y simbólico tenemos también un término bastante estudiado: el sentido. El sentido se articula al goce fálico como efecto. Eso que parasita al parlêtre empuja siempre a producir sentido, un sentido también infinito y sin tope. Toda la doctrina clásica del psicoanálisis está sostenida en la manera de abordar fundamentalmente estos dos campos. La castración en Freud, la metáfora paterna en Lacan con su efecto de tope al goce fálico y con un efecto de significación que funciona a su vez como alto al sentido. Conocemos un poco más de esta vertiente. Conocemos un poco más también sus alcances, sus límites, su modo siempre insuficiente de regular el exceso con la prohibición paterna. La novedad que introduce la última enseñanza es esta zona que se localiza en la intersección entre imaginario y real que a esta altura también forma parte del síntoma. Lo que se localiza en esa intersección va teniendo distintos nombres: goce de la vida, Otro goce, goce femenino, no-todo. En esta intersección funciona un tipo de goce que escapa al funcionamiento de vacío y exceso del goce fálico con su horizonte sostenido en el armado del todo. Lacan encuentra en este punto un goce otro que sí concierne al cuerpo, que se localiza en el cuerpo y que permite sostener la consistencia imaginaria. Tiene su paradoja también porque sostiene al imaginario, se siente en el cuerpo y lo arma pero no da pista ni clave alguna para subsistir ni hace lazo alguno con los objetos del mundo. No puede sostenerse un cuerpo sólo con este otro goce. Ni puede sostenerse un cuerpo entregado al ejercicio pulsional. En ese sentido podemos reencontrarnos con la necesariedad del sínthoma anudando los tres registros, haciendo existir y articulando contingentemente estas modalidades de goce que no hacen relación. El arreglo de cada quien es entonces el modo singular de anudarse. La distribución de estos goces que consigue el sínthoma y sus usos posibles hace al sostenimiento del cuerpo.  

Desde esta lógica, que en las psicosis ordinarias se deja entrever mejor por su carácter inventivo, fuera de las formas más clásicas de solución, podemos arrimarnos a repensar también los arreglos más clásicos. Por ejemplo lo más clásico del síntoma histérico o la defensa obsesiva. Podemos pensar desde esta perspectiva cómo la sustracción histérica o el aislamiento obsesivo tienden a preservar el imaginario corporal de la irrupción del goce fálico. Salirse de la escena o mirarla desde el palco se vuelven estrategias que retiran el cuerpo y funcionan de tope. Con su saldo de padecimiento, claro, la insatisfacción del lado de la histeria, desierto de goce del obsesivo.   

Este pantallazo, siguiendo al último Lacan y su reconceptualización del sínthoma, permite acercarnos a Martin con algunas herramientas conceptuales que nos orientan. Liliana nos presentó bellísimamente y con mucha precisión el detalle de la transformación que va sufriendo el personaje. Pescamos con nitidez el efecto de vivificación, la diferencia en el modo de habitar las escenas que se va produciendo a medida que avanza la película. Es desde ahí que precipita la pregunta que da título a mi recorrido de hoy. ¿Qué vivifica a un cuerpo? ¿Cómo pensar la lógica de lo que va haciendo más vivo el cuerpo de Martin? Desde el desarrollo que fuimos siguiendo podemos de entrada partir de la negativa. Eso que le da otro modo de sostener el cuerpo no puede venir del circuito pulsional que pide más y más en el que queda tomado el consumo de alcohol. Ese circuito y su exceso lleva a lo peor. Lo peor lo vemos insinuado en la escena en que Martin no consigue llegar a su casa después de una noche de tomar con sus amigos, queda caído. Y lo vemos realizado en el final de Tommy, el único de los amigos que continúa en un modo solitario con el consumo de alcohol más allá del experimento que los reunió.   

La lectura que venimos haciendo a partir de esta pregunta nos hizo ir a buscar una hipótesis de respuesta no de lado del alcohol, sino de algo nuevo que se produce en esos encuentros. Podemos pensar que algo en ese modo de encuentro con otros, arranca a Martin de su defensa sostenida en el aislamiento. Leer ahí su aislamiento es por supuesto también una hipótesis.   

La defensa sostenida en el síntoma obsesivo del aislamiento tiene un desarrollo que podemos rastrear en Freud y en Lacan. Tenemos un antecedente temprano en Lacan cuando presenta a Fi mayúscula como presencia real, como irrupción de goce y las diferentes respuestas como intento de lidiar con esa irrupción. Para seguir este planteo de Lacan podemos rastrear como antecedente, la conceptualización de esta entrada del goce fálico, tal cual la introduce Freud en su carácter traumático, como representación inconciliable. La idea de Freud es que la totalidad del sistema de representaciones que sostienen el mundo del sujeto queda afectado por esa irrupción: fragmentado. Ya Freud señala su carácter traumático.   

Podemos seguir a Freud y cómo arma su clínica diferencial entre histeria y obsesión a partir de las distintas respuestas sintomáticas a esta entrada disruptiva de lo que Lacan primero caracteriza como Fi mayúscula y que después empieza a nombrar como goce fálico. Siguiendo a Freud cómo piensa la respuesta histérica: la histérica recibe la irrupción del goce fálico y lo reprime, hace en ese lugar una división subjetiva, un síntoma de sustracción dirá Lacan. En la obsesión Freud ubica un mecanismo diferente, donde despliega una defensa sin represión. Es con la conciencia que se apropia de ese goce fálico para manipularlo desde un aparato de control. El paso a la conciencia del ejercicio fálico se articula bajo una especie de conciencia de sí, de autoconciencia. Ese control implica un ejercicio de ese goce que lo regula hasta un cierto límite. En ese punto Freud ya localiza en la defensa del obsesivo un dato paradojal, se defiende de ese goce pero traslada el ejercicio de ese goce a la defensa misma. Freud ya había ubicado en esta defensa el modo en que no se reprime sino que se anula el afecto y se admite la representación a nivel de la conciencia. Una vez admitido en la conciencia sin el afecto puede emplear y controlar según organizaciones lógicas seriadas en las que va a recuperar la producción de un goce de igual naturaleza que el anulado por la defensa.   

Para Freud el aislamiento era el aislamiento de una idea. La representación inconciliable, es un significante intrusivo, de goce, no por sus sentidos sino que lo que lo hace intolerable es el monto de afecto. Freud veía en la base del aislamiento, la necesidad de aislar esa idea de su monto afectivo. Esto caracteriza el modo del obsesivo de estar siempre en otra parte: “su forma de situarse respecto al Otro - más exactamente, de no estar nunca en el lugar, en el instante, en el que parece indicar que está.” (1) Cuando el obsesivo se va a otra parte es porque se va a trabajar con una idea a la que ha logrado quitarle su articulación con un goce fálico, la puede encadenar y seriar con otras ideas siempre que aseguren que ese goce no irrumpa sorpresivamente. Lacan subraya el modo en que el obsesivo se identifica a eso, se vuelve esa idea desafectivizada. “He aquí - afirma Lacan - lo que determina esta imposibilidad tan particular que afecta en el obsesivo a la manifestación de su propio deseo.” (2)  

Todas estas precisiones clínicas del funcionamiento de la defensa obsesiva nos permiten pescar cómo algo de ese armado, de esa defensa desafectivizada se perturba en el encuentro de estos amigos. En la cena de cumpleaños Martin se quiebra, describe afectado el desierto de aislamiento con el que transita sus días, da cuenta del costo del sostenimiento esa defensa y del padecimiento que empieza a percibir no estando nunca en juego en ninguna escena. Ese encuentro introduce algo nuevo, muestra ya una grieta en su funcionamiento desafectado. Los amigos se afectan también, algo distinto pasa entre ellos, en ese lugar parece empezar a gestarse un tipo de encuentro que lo hace presente de un modo novedoso. Podemos pensar que el experimento con el alcohol se sostiene en el armado de una complicidad y motoriza una búsqueda entre todos de cómo reencontrar algo más vivo en lo cotidiano. Y los encuentros mismos parecen ser la fuente de eso que se vivifica de la mano de la circulación de un goce de otro orden, vehiculizado por un modo amoroso de estar entre amigos.  


  

Referencias: 

(1) Lacan, J., Seminario Libro 8 “La transferencia”, Paidós, Buenos Aires, 2003, p. 289   

(2) Ibíd p. 282  

  

  



Seguir el camino del sínth
oma  

  

María Marciani 

La película (1) comienza y termina con la misma música, pero sin embargo la escena ya no es la misma.   


Algo pasó en el transcurso del film que se produjo un pasaje del exceso de alcohol, los vómitos debido a tragar sin degustar y los besos con extraños dieron paso a una escena compartida de bailes y abrazos. Allí dónde había aislamiento, silencios, aburrimiento demandas de rendimiento, hay gestos, palabras, chistes, complicidades y sonrisas.  


La comunidad educativa se ve conmovida por una escena, los alumnos terminan esposando a un policía en el subte, la causa del problema se le adjudica al alcohol y por ende la solución de la autoridad es: tolerancia cero, es decir la prohibición. Ese camino problema-solución como tratamiento del exceso es un camino que elimina la dimensión no solo de las determinaciones inconscientes como aprendimos con Freud sino que borra lo que la enseñanza de Lacan, sobre todo en sus últimos seminarios intenta investigar, y es la orientación por el síntoma, en tanto acontecimiento que permite al parletre armarse un cuerpo, y enlazar como muy bien lo desarrollo en su recorrido preciso Cecilia Rubinetti , donde ubica que esa vía, es la vía del síntoma en la medida que enlaza ese otro goce que no es del orden del goce fálico es una solución no-toda.  

De entrada, nos encontramos con Martin, que es una especie de zombi, que deambula por los pasillos de la escuela, desalineado, arrastrando su cuerpo con la mirada perdida sin contacto ni con sus alumnos ni con su propia familia, protagonista del film al que Lili Zarensky nos ha presentado y cuya mutación en el trascurso del film ha podido desplegar minuciosamente. Desde el inicio, nos encontramos también con los alumnos de la institución escolar, cuya demanda se inscribe bajo la lógica de un mayor rendimiento requerido para el ingreso a la facultad y a quienes hemos visto en la primera escena hacer, hasta de la diversión, una competencia.  


Martin ha llegado al punto extremo de su aislamiento. La vida transcurre, pero él no está allí. Una celebración será el lugar donde esa posición encuentra un alojamiento diferente, veamos con detalle esta escena donde algo de esa defensa obsesiva se conmueve.   


En primer lugar, Martin se prepara para la cena, el detalle con que el director muestra cómo se viste, no es menor, él sigue mirando de afuera ese cuerpo que está vistiendo. La secuencia sigue y entramos a otra escena diferente donde el cumpleañeros agasaja a sus amigos con exquisiteces, maridados por buenos vinos, y son ellos ahora los que provocan la conversación, son ellos los que se interesan en lo que le pasa a Martin, primero lo alientan, segundo incluyen a los alumnos en el asunto, tercero apuntan a la relación con su partenaire y por último  Tommy que lo conoce desde la juventud, le recuerda su gusto por la investigación, su saber llevar el cuerpo,  y su gusto por la danza jazz.  Esto último es dicho a modo de chiste, acompañado con pasos de baile generando risas entre los comensales, incluido Martin que ya ha podido llorar y hablar.

Nos enteramos allí mismo como ha renunciado a todo eso, con la consecuente caída que ello conlleva.   


Se abre de este modo un intervalo, que no se produce sin los otros que lo animan a hablar y, sobre todo, por Tommy que apunta a eso de lo cual, como nos lo plantea Lacan “es lo único de lo que somos responsables” y es el saber hacer ahí, es decir su sinthoma. (2)  


El chiste contagia a la mesa y son los cuatro los que terminan esa escena con otro ánimo. Llantos risas y abrazos, cuerpos entrelazados en el piso, que recuerdan los juegos infantiles, donde el rendimiento y la competencia no tienen lugar, un simple disfrute, que rompe con la solemne seriedad del comienzo, donde cada uno pudo hablar de lo que no anda. ¿Hay posibilidad de hablar de lo que no marcha bajo ese régimen de seriedad y búsqueda de rendimiento?


¿No nos lleva esto a pensar precisamente en lo que se produce en un análisis e incluso en el grupo analítico, eso que llamamos trasferencia de trabajo? ¿Es posible sin ese alojamiento que implica que resuene, cierto goce Otro en el cuerpo del analizante? Alojamiento en transferencia, que implicaría la vía de un amor, donde lo simbólico no sería el medio ya que nos llevaría al terreno del padre o a lo imaginario que caería de inmediato, sino tal como lo ubica Lacan en el seminario 21 un amor real como medio. (3)  


La escena abre a un segundo momento donde cada uno dice de su malestar y deciden experimentar juntos por la vía del alcohol, por un lado, pero por otro y eso me parece lo esencial, ya que el experimento así lo requiere, sostener encuentros cotidianos, donde no es el alcohol lo que cuenta sino el espacio, el vacío para la invención con eso que genera malestar en cada uno.   


Otra enseñanza para nosotros, el director nos deja ver como las demandas que se hacían invasivas se neutralizan, un ejemplo de eso es la desopilante escena de la demanda del bacalao fresco que la mujer le dirige al psicólogo mentor del experimento y que termina en una fiesta, luego de un derrotero muy gracioso por el supermercado y la pesca infructuosa.  No es una ironía, ni un rechazo es simplemente, un chiste que equivoca la respuesta.  


Lejos del aburrimiento inicial cada uno se anima a inventar algo y aparece el estilo singular, el gusto por la música, la historia, la inclusión de los que no entran por la vía de la competencia y pueden acompañar a cada uno de esos alumnos, que como ellos estaban fuera de la escena. Donde lo que se irradia tiene que ver más con cierto entusiasmo que con el alcohol, que en tanto va por la vía del consumo, sigue la lógica del exceso. Se ha abierto otro camino.   

Es el director quien abre ese camino de la invención, una invención que implica apuestas es decir que implica ir más allá del padre.  Un camino sin Otro, sin la garantía del padre y su destino de repetición, el camino del sinthoma que es un modo de saber hacer que requiere, hacer de ese arreglo un uso lógico, es decir un uso que tendrá que verificarse.   


Se trataría entonces, en la neurosis de pasar del amor al padre, ya que como nos muestra Martin esta de lleno en ese terreno, al amor al sinthoma, un amor real, en tanto el sinthoma se sostiene en un goce, un acontecimiento en el cuerpo que lo vivifica, y como dijimos a modo del chiste hace eco en otros cuerpos.  

 

Sostener así una política del sinthoma, que implica verificación, cada vez, ajustes, otra ronda, otra vuelta para ceñir para escribir el nudo, una política que no se sostenga en el valor de cambio, sino que dé lugar al valor de uso singular. La danza tal como la despliega Lili Zarensky en su comentario exquisito, es un ejemplo maravilloso en ese punto del puro valor de uso que cobra para Martin, no se exhibe, no se pavonea, no entra en el orden del intercambio de la significación fálica, sino al servicio de un goce en el cuerpo, un uso singular.

   

Otro guiño donde el director nos muestra su elección en la escena final, es que la Directora de la institución escolar, quien encarna la ley y propone tolerancia cero, es precisamente, al igual que en la escena inicial quien termina esposada. Eso que podría considerarse una rebeldía adolescente es, sin embargo, la elección, la sutileza del artista que es dócil a lo singular y muestra otro camino el del sínhtoma que introduce en una vertiente un “no eso” (4), que objeta al todo y produce a la vez un ordenamiento, una función anudante que no es por la vía de la ley y la prohibición, camino objetado desde el inicio hasta el final. ¿Un final feliz? de ninguna manera, una nueva apuesta a verificar…  

   

Referencias: 

(1) Otra Ronda. Película. Director: Tomas Vinterberg. Dinamarca. 2020  

(2) Lacan, J., Seminario 23. El sinthome. Editorial Paidos. Pag.59  

(3) Lacan. J., Seminario 21, clase del 18 de diciembre de 1973. Inédito  

(5) Lacan. J., Seminario 23. El sinthome. Capítulo 1. Editorial Paidos 

  

  

 

 

 






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