Cuerpo, hambre y escritura
Encuentro del 30 de Noviembre de 2020
María Eugenia Cora – Lisa Erbin - Andrea Berger – Paula Husni
Retrato de un arreglo adolescente
María Eugenia Cora
Propongo tomar el texto Biografía del Hambre de Amelie Nothomb, por el sesgo de las respuestas que arma el personaje ante el choque de lalengua con el cuerpo, evidenciado en dos momentos claves: el primero, la infancia y -tras la utilización de los recursos logrados en ella durante el período de latencia- la pubertad y la salida adolescente.
Contamos con un texto brillante, de una intensidad penetrante, arrasador por momentos. Elijo este rasgo movida por el interés particular que tiene el relato de este personaje –novela de corte testimonial- para quienes trabajamos con niños y adolescentes. Además, porque podemos considerar la respuesta adolescente como un analizador en nuestra contemporaneidad, atendiendo al modo singular que cada parlêtre encuentra para el armado de una solución al traumatismo estructural en esta segunda vuelta del encuentro con el real del sexo. Finalmente, ya que intentaremos localizar vía este personaje coordenadas para situar la función de los arreglos singulares.
En el texto Emilio o la educación, Jean Jacques Rousseau (1762) recorre la vida de Emilio desde su nacimiento hasta la adultez. Al referirse a la adolescencia la nombra como “un nuevo despertar”, como “un segundo nacimiento”. Lo dice así:
“…el hombre en general no está hecho para quedarse siempre en la infancia. Se sale de ella en el tiempo prescripto por la naturaleza y en este momento de crisis, aunque sea corto, tiene grandes influencias. Como el bramido del mar precede a la tempestad, esta tempestuosa revolución es enunciada por murmullo de las nacientes pasiones y una fermentación sorda advierte la proximidad del peligro…”.
La tormenta puberal desafía la estructura nodal (I, S, R) y pone a prueba los títulos en el bolsillo cuya escritura sinthomal se inaugura en la infancia. Pongo el acento en la relación entre cuerpo y palabra, que considero el eje de los arreglos y de la invención del personaje de esta novela.
Como sabemos, todo sujeto se topará con ese real que Lacan nombra como La no relación sexual, respecto a lo que dirá: “Todos sabemos porque todos inventamos un truco para llenar el agujero en lo real. Allí donde no hay relación sexual, eso produce troumatismo, entonces uno inventa, uno inventa lo que puede, por supuesto”.1
En tanto lalengua introduce una desregulación, traumatismo que no puede pasar por la palabra, queda el recurso al arreglo singular. Es lo que Lacan trabaja con Joyce en el Seminario del Sinthome, que retoma sus precisiones sobre el Retrato de un artista adolescente. Ahí ubica el desanudamiento que no afecta a las tres cuerdas sino solo al imaginario que se suelta, quedando las cuerdas reales y simbólicas interpenetradas. ¿Cómo vive el joven Stephen los agujeros de su cuerpo? Nada vela imaginariamente la irrupción del goce autoerótico.
Recursos infantiles -A los 3/ 4 años nuestro personaje comenzó a contarse cuentos a sí misma. “¿Qué es una historia cuando uno tiene cuatro años? Es un concentrado de vida, de sensaciones fuertes.”. (p. 290) Dentro de su cabeza aquel murmullo nunca llegó a manifestarse a través de la voz; tampoco eran pensamientos. Eran un sordo mugido que la mantenía aislada, masticando en un estado de embriaguez. Una muestra inequívoca de la tensión constante entre las palabras y el goce, entre el cuerpo y el significante.
La niña, gozaba de un estatus especial: considerada por su madre como “siendo su padre”, declarada por su padre como “siendo su doble”, se mantuvo desde muy pronto en la convicción que era Dios. Tercera hija, de un padre bulímico y una madre obsesionada con los alimentos, con dos hermanos normales, la pequeña tuvo la inequívoca señal de una elección: la posesión del principio mismo del disfrute, infinito.
El ingreso al yôchien (jardín de infantes) fue un aterrizaje: pasar de la dulce aya Nishio-san a las maestras de aquella institución japonesa, signó la caída en un universo en el que -siendo la única no-nipona- fue embestida por el uniforme y por la revelación de ser extranjera de una lengua incomprensible. Ella solo hablaba el franponés. Eligió tempranamente “continuar el servicio militar en el idioma del deleite más que jugar en la lengua hervida (inglés)”. Allí encontramos un antecedente del arreglo: una niña que a los tres años ubica la necesidad de resignarse a ser un cardillo cuatro horas al día. Será luego reencontrado en su método de escritura de cuatro horas diarias. Un tope a lo ilimitado.
La necesidad de abrazos de las mujeres de la familia (madre, hermana y niñera) fue desde niña el modo de armarse un cuerpo. A los 4 años, sin amigos y sin un lazo con la autoridad escolar, entendió que el enemigo la rodeaba por todos lados. Un lazo cortocircuitado: todos los niños de la región se abalanzan contra ella y la observan con frialdad en su columpio lenguajero, para luego desnudarla ante un silencio de muerte. Fue devuelta al informe cuerpo soportando la desnudez sucesiva de ante cada prenda que se le devolvía, hasta quedar reconstruido el edificio inicial.
Arrancada de Japón y de su madre nipona Nishio-san, a los 5 años queda sumida en un caos absoluto. Golpe de la palabra en el cuerpo y la experiencia del mundo que se derrumba. A los 7, tuvo la clarísima sensación de haberlo vivido todo. ¿Acaso era necesario padecer siete veces su vida antes de llegar al término? Momento clave en que fija su muerte a los 12, lo que le propicia un alivio inédito. Si la materia y la forma, el cuerpo y el alma, no son dos elementos que se puedan separar físicamente, para nuestro personaje se produce un tratamiento al cuerpo y al espíritu, que mantiene ambos planos disjuntos, en una constante tensión sufriente.
En el amor, el cuerpo soportaba sus tres amadas mujeres de la familia, mientras que el padre y los hombres quedarían en plano del amor de espíritu. Había además tres palabras que no soportaba: sufrir, ropa y bañar. Y no era su aspecto semántico, sino el sonido. Contra las palabras no podía hacer nada. Enloquecía. Así llegó a los 10 años, la madurez absoluta de la infancia: podía oír los sordos ruidos de la pubertad, estaban cerca.
El despertar: segunda vuelta - A los 12 años, último aniversario infantil, tuvo una revelación: a causa de una frase y sin entender por qué, se produjo un fenómeno increíble: un influjo recorrió su cuerpo y la estremeció: ¡era la belleza! Una revolución: desde allí la lectura y el alcohol serían lo esencial en la búsqueda de esa belleza.
Ocurre allí el episodio en el mar: llevaba horas en el agua y sus pies fueron atrapados por numerosas manos. No había nadie. Debía tratarse de las manos del mar. Ascendieron por su cuerpo y le arrancaron el traje de baño. Nadie a su alrededor. Separaron sus piernas y entraron dentro de sí. Gritó con dolor. La madre corrió a rescatarla. A lo lejos vieron salir del agua cuatro indios de 20 años.
La vida empeoró. Su recurso en la latencia había sido la lectura y el cálculo, con los que se había ganado un lugar de privilegio en lo escolar y en el lazo con pares. Ahora había perdido el uso de una parte de su cerebro. Nulidad en su cabeza. Mientras su cuerpo seguía siendo un tubo, pero en su espíritu había comenzado la dislocación de la adolescencia. A partir de allí una nueva voz habló dentro de ella y conviviendo con las otras comenzó a ser su interlocutora definitiva. A esa edad, visitó el templo de la Diosa Viva: una niña elegida en el momento de nacer, a los 12 años perdía el estatus de divinidad. Experiencia de una verdad ya revelada: a los 12 años las niñas son rechazadas.
En su cabeza, la dislocación actuaba. Si hasta aquí su relato interior no había sido interrumpido, desde ahora todo se convirtió en fragmento, rompecabezas en el que cada vez faltaban más piezas: no hay correlación entre goce y sentido.
En su cuerpo, transformación puberal, la deformación. “En un año crecí 12 centímetros. Me salieron pechos, grotescos en su pequeñez, pero ya eran demasiado para mí. Intenté quemarlos con un mechero … sólo conseguí hacerme daño. Pospuse el problema… encontraría una solución”. (p.394)
La pubertad es un momento privilegiado en el que el parlêtre intentará diferentes arreglos frente al agujero que la sexualidad introduce en lo real. Se verifica si se dispone o no de las respuestas elaboradas en la infancia: el fantasma sexual infantil y las identificaciones. Podemos ubicar así a la “adolescencia” en tanto respuesta, como sinthoma con el que cada sujeto se las arregla, como puede, para hacer con los efectos del empuje puberal y ese imposible de decir respecto al sexo.
Hundida en la dictadura de su cuerpo, la protagonista cerró sus fronteras. A los 13 años y medio finalmente se produjo el milagro: el hambre desapareció. Había matado su cuerpo. A partir de allí, podemos ubicar dos recursos: la anorexia y la lectura/escritura. La anorexia le había servido de lección de anatomía, conocía ese cuerpo que había descompuesto. Ahora se trataba de reconstruirlo.
Arreglos
Lisa Erbin
“No sabemos porque algunos nacen hambrientos y otros saciados. Es una lotería” (1)- dice el personaje de Biografía del hambre. Entonces ella despliega todas las vertientes extremadamente singulares de su hambre. Ahí encontramos las pistas para orientarnos en esta clínica de los detalles sutiles, corriéndonos de cualquier sentido común y subvirtiendo las categorías. La exquisitez de la escritura de Amelie Nothomb nos permite encontrarnos con bocados, porciones que van describiendo los modos de goces del personaje y ubicándolos en tiempo y espacios. Esos singulares nombres que da a su pulsión. Recorto: “Ser el hambre, campeona en su dominio, morir de hambre, hambre generalizado, falta espantosa del ser, vacío, búsqueda de algo donde no hay nada, deseo, superhambre, Dios, supremacía”.
Frente a sus momentos de desenganches, ligados a disrupciones de un goce que toma su cuerpo, el hilo del que me intereso tirar es el de los arreglos. Ubiqué soluciones temporarias que va inventando este personaje para mantener juntos los tres registros RSI. Entonces me oriento por el par: arreglos-desarreglos. Me detengo en algunos de ellos. Ya muy tempranamente ese particular pulsionar la impulsa a contarse cuentos “dentro de su cabeza y sin voz”. Relatos que dan alguna forma al misterio del hambre que la atormenta: “sensaciones fuertes, concentrados de vida”. Imagina una princesa encerrada que es torturada, unos niños abandonados que son reducidos a las miserias, un héroe con el don de volar por el cielo, unas ranas que la tragan y ella revoloteando dentro de su estómago. Encuentra ahí una fuente de gran placer desplegada a partir de su “supercapacidad mental”, así lo transmite. Luego nos relata su particular lazo a las lenguas que toma la forma de rechazo: para el inglés o bien, de glotonería: sushis, chocolates, sus modos de referirse al japonés y francés de los que sí acepta gustar. En esa línea del tiempo que va dibujando ubica otro momento, ese en el cual deja de hablar y luego de comer, arreglos para calmar unas voces de odio a sí misma tan intensas que invaden todo su cuerpo. Entonces la anorexia la nombra como una bendición, para ella se trata de “matar el hambre”, de no tener ya ni una pizca de deseo, de no sentir nada para lograr dejar de odiarse. La anorexia silencia la voz. Hasta aquí todas soluciones temporarias que no terminan de detener su super hambre.
Luego, ¿cómo pensar el lugar del arreglo lectura y escritura? ¿podemos darles el estatuto de sinthome? Tal vez sería más preciso hacer algunas distinciones entre los efectos de una y otra. La lectura sola la ubicaría como una invención que la empuja a una serie de identificaciones imaginarias que no parecen generarle bordes en su cuerpo ni atemperar su goce. Tal vez nos sirve para pensar lo que nombra Lacan en el Seminario 3 como “compensaciones imaginarias del Edipo ausente” (2). Casualmente ahí lo menciona en relación a un caso de Katan de un adolescente transitando su empuje sexual y hace referencia también al mecanismo del como si de Helen Deustch. El personaje nos dice: “Leia para que me admiraran, esa actividad era exquisita, producía picores en mis manos, facilitaba la respiración”, “un individuo que escribe hermosos e impactantes libros es venerable”. Es interesante seguir las elecciones de sus libros: La metamorfosis de Kafka, Les jeunnes filles, Mishima, La Ilíada, La odisea, el diccionario letra por letra. A todos ellos se sube cual “tabla de salvación”, para “no ser arrastrada por el río de la muerte”. La lectura cumple también la función de ser productora de una sensación de belleza que busca repetir una y otra vez: un fenómeno increíble, de algo que fluye por su columna y estremece su piel. Siempre teñido de su modo hambre: “hambre y sed de libros”. “Decidí comerme todas las palabras”. Síntoma y arreglo tiene siempre algo de ese mismo modo de goce.
Al final de la novela la escritura, con ritmo y medida, parece ser una suplencia que le permite un “hambre” más vivible. Nos sirve para pensar el lugar de un cuarto nudo, sinthome, que podría reparar esa deficiencia en el anudamiento y mantener los tres registros anudados. Una invención singular que opera una regulación al goce, pero a la vez conserva las huellas del fallo que ella remedia.
Teniendo como brújula las tres externalidades que ubica Miller en “Efecto retorno sobre las psicosis ordinarias”1. O, podemos recorrer como algo del “desorden en la juntura más íntima de la vida” (3) se le ordena. En su relación al cuerpo: “La anorexia me había servido de lección de anatomía. Conocía ese cuerpo que había descompuesto. Ahora se trataba de reconstruirlo. Por extraño que parezca la escritura contribuyo a que así fuera” (4). Usa la expresión “tejer un cuerpo” para nombrar el recorrido hacia hacerse un cuerpo distinto al “tubo”. Y puede llegar a sentir que lo tiene. En lo que hace al lazo social, externalidad social y su relación al Otro, la escritura le permite separarse de la hermana, conocer a Rinki, elegir una carrera afín, viajar a Japón, escribirse con sus amigas, dirigirse a otros. Y en lo que nombramos la externalidad subjetiva, su relación al vacío, el personaje dice: “No comprender algo es un fermento fenomenal para la escritura. Mis novelas daban forma a una incomprensión creciente”. La escritura entonces le permite al personaje cifrar algo de su real, de la no relación, de lo imposible de decir.
Recorrimos en los encuentros anteriores el personaje de Lars y su arreglo “Bianca”, esa muñeca a la cual le da un uso particular incluyéndola en su vida, durante un tiempo, en el cual le funciona. Tomamos del personaje femenino de On body and soul la idea que el amor, tal vez, podría ir al lugar de cierta estabilización para ella. En Theo, el niño de la novela Las lealtades, vimos más bien la dificultad para que algún invento armara un borde a su cuerpo y a ese empuje de goce mortífero. Hoy nos dejamos enseñar por este libro, por este personaje, que, por supuesto no es un caso, como ninguno de los anteriores, pero nos sirve para intercambiar con ustedes y transmitir algunas ideas sobre esta investigación en curso en torno a la Psicosis ordinaria.
Refencias:
(1) Nothomb, A., Biografia del hambre, Anagrama, Barcelona, 2019.
Lacan, J., El Seminario, libro 3, Las psicosis, Paidos, Buenos Aires, 1991, p.275
(3) Miller, J.-A., “Efecto retorno sobre la psicosis ordinaria”, Revista Consecuencias, (en linea). Consultado en http://www.revconsecuencias.com.ar/ediciones/015/template.php?file=arts/Alcances/Efecto-retorno-sobre-la-psicosis-ordinaria.html
(4) Lacan, J., "De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis", Escritos 2, Siglo XXI editores, Buenos. Aire
Del hambre voraz a la voluptuosa escritura
Andrea Berger
El
texto que hemos elegido
para este encuentro, el último de este año, es un relato conmovedor, atrapante
y siguiendo la lengua de Nothomb: devorador.
Se trata de una historia que se desarrolla entre ciudades diversas y antagónicas, que la protagonista va describiendo con referencias geográficas y culturales que alimentan un preciosismo de estilo singular.
De esa manera nos sumerge en un deambular inquietante y desolado alrededor de un mapa que busca incansables fronteras. En ese ir y venir asoma un cuerpo cuyos bordes no logran definirse. Un cuerpo que toma una forma tubular donde lo que entra, sale sin llenar. En ese fluir continuo un índice alcanza un relieve particular. Un signo corporal, que despierta y mortifica. “Un deseo más amplio que el deseo” (1). Una fuerza voraz.
Se podría decir que es un relato que interroga hasta las entrañas ¿qué es el hambre? allí donde el parasito de la lengua lo ha liberado de la fisiología, de la necesidad y lo deja presa de la pulsión.
El hambre que ve, que imagina, que siente. El hambre de glotonería, pero también de alcohol, de agua, incluso de nada. Ella es el hambre. Ese es su nombre. “el hambre soy yo” (2) y es voraz. Esa es su ley.
Una voracidad que no tiene límite, brutal. Incivilizada, que resiste a su domesticación. Que la lleva tanto a la obesidad, la ebriedad, como a la anorexia.
Un hambre que muestra de manera descarnada la pulsión de muerte descripta por Freud. Es decir, un empuje ciego y acéfalo, más allá de todo placer, de todo bienestar, de todo criterio de realidad.
¿Cómo pensar este apetito mortífero, a veces de algo, a veces de nada?
Lacan, en una temprana etapa, que él mismo denomina de sus antecedentes, en un texto que se llama los Complejos familiares (3) trabaja el “apetito de muerte”. Lo relaciona a la anorexia y a las toxicomanías. Las llama neurosis gástricas.
Conecta el hambre o apetito con la pulsión de muerte. Se trata de una fijación oral de la libido que tiende a un rechazo al destete, a la separación. Es un no dejar caer el objeto impidiendo que funcione como condición del deseo. Haciendo del deseo avidez voraz.
En esa línea subraya la relación “rechazo infantil- recrudecimiento puberal” aludiendo a la dimensión temporal del sufrimiento. Es lo que proponemos leer, en la secuencia descripta por la autora como “mudez ávida en la temprana infancia, a la que le sigue una glotonería voraz, para más tarde, en la pubertad convertirse en el rechazo anoréxico”.
Siguiendo la pista del rechazo anoréxico, más adentrados en la enseñanza, en lo que llamamos la época clásica, encontramos tanto en el escrito La dirección de la cura (4) como en el Seminario 11 (5), el “apetito de nada”. En dicha formulación conjuga “rechazo y apetito” y separa “pulsión de comida”. Lacan afirma que no se trata en la anorexia de que no se coma, sino que “come nada”. Elevando “la nada” al estatuto de objeto. Un “apetito” voraz de nada.
Lo interesante en esta lectura, es resaltar la maniobra respecto del deseo. Se trata de una posición que defiende el deseo incluso al costo de la propia muerte. El apetito de nada es lo que ventila la papilla asfixiante del Otro, que confunde amor con necesidad, deseo con comida. Estamos inmersos en una lectura que se asienta en la dialéctica con el Otro. De esta manera el “comer nada” revela su potencia clínica, como provocación y rechazo a la omnipotencia del Otro. Nothomb apunta al blanco, con esa ironía sutil que la caracteriza, al exaltar sus “ofrendas engañabobos” (6) respecto de esa madre “administradora de la esclavitud alimenticia” (7).
Ahora
bien, el apetito voraz de nada también nos enseña de un rechazo al cuerpo,
especialmente al cuerpo sexuado. En ese sentido es muy interesante una
referencia de Lacan de la última enseñanza. En el Seminario 21(8) vuelve sobre el apetito voraz anoréxico para releerlo a la luz del rechazo al saber inconsciente. Aclara que cuando es el horror y no el deseo lo que preside al saber se evidencia, en algunas formas de anorexia, un rechazo del cuerpo
brutal. Obnubilada por el saber de si comerá o no, deja caer su cuerpo de todo
saber inconsciente y toda necesidad.
Entonces,
siguiendo, el texto de Nothomb, y a partir del prisma del hambre- fuerza-voraz,
hemos recorrido tres referencias de Lacan, en tres tiempos distintos de su
enseñanza.
La primera, subraya el apetito de muerte, la segunda el apetito de nada y la tercera el apetito de no saber. De cada una podemos extraer claves de lectura para abordar una clínica que va desde la provocación hasta el rechazo al Otro, al saber inconsciente e incluso al cuerpo.
Dejamos abierta la interrogación sobre esos llamados síntomas actuales, desvestidos de la trama simbólico-imaginaria, del estatuto metafórico de la palaba, e incluso refractarios a la transferencia. Síntomas que muestran ese núcleo tóxico de goce- hambre de goce. Que la protagonista, con su arte, ha logrado hacer pasar al campo del Otro.
Sin duda, este texto nos enseña no solo de la polivalencia que va desde el drama del no-hambre hasta lo intolerable del superhambre. Sino del tema que hemos abordado durante cada uno de nuestros encuentros: desarreglos-arreglos singulares.
Es decir, en este relato: del hambre voraz a la voluptuosa escritura…
Con la cual alcanza una brizna de saciedad…
Referencias:
(1) Nothomb, A. Biografía del hambre. Anagrama. Barcelona. 2019.p21
(2) Ibid, p.20
(3) Lacan J., Los complejos familiares. En Otros Escritos. Paidos. pp 40-47
(4) Lacan, J. (1958), La dirección de la cura y los principios de su poder. En Escritos II. Siglo Veintiuno. Argentina. 2008.p 598.
(5) Lacan, J., (1964), El Seminario: libro 11 Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. Paidos. Buenos Aires. pp 110-111
(6) Nothomb, A. Biografía del hambre. Anagrama. Barcelona. 2019.p 26
(7) Ibid: p32
(8) Lacan, J., El Seminario 21: Les Non-Dupes errent. Clase del 9-4-1974. Inédito
Cierre seminario psicosis ordinaria
Paula Husni
Nos
encontramos desde los inicios de este año con una coyuntura inédita. Contingencia
inesperada que resultó casi como una estocada imprevista a lo que veníamos
pensando y trabajando hacía ya un tiempo.
Tal como toda tyche, su sinsentido hace estallar cualquier sesgo de automatón que podría esbozarse. Y como siempre sucede frente a esas coyunturas, se presentaron al menos dos opciones: quedarse en el mutismo impávido frente al agujero de la hendidura o, como tantas veces lo hemos mencionado, inventar.
No fue una decisión calculada sino más bien del orden del acto. Dejándonos orientar en esa deriva por algunas invenciones que hicieron o nos hicieron marca, nos deslizamos al mundo cinematográfico y luego a la escritura. Pregnancias del objeto mirada y el objeto voz con las que, localizadas en una trama, podíamos servirnos para dar un borde; tanto a nuestro trabajo y su recorrido, como a las nuevas condiciones del dispositivo de transmisión con el que contábamos.
Es así que emergieron los personajes: María, en On Body and Soul, con la perplejidad del mundo siempre a cuestas y ese modo tan bello y sutil de transitarlo, de palparlo, de intentar enlazarlo a su propio cuerpo.
Nuestro querido Lars, con su chica real y su manta tejida -casi como formando parte de su cuerpo- apaciguando eso que lo hace arder frente a cualquier roce con el mundo.
La imagen nos deslizó hacia la escritura. Las Lealtades, de Delphine de Vigane, nos permitió extraer del relato el modo en que, para un adolescente, el alcohol puede resultar un recurso para imaginarizar el interior del cuerpo, sentirlo hasta el extremo de hacerlo desaparecer. Evidenciando el poder lacerante de la palabra.
Y finalmente Nothomb. Con sus borbotones de escritura, sus detalles punzantes, su ironía precisa, al borde siempre del extremo del borde. Allí donde no hay nada, puede existir esa falta espantosa que es el hambre. Y la escritura.
Pasamos por un trabajo de anudamientos y desanudamientos, arreglos y desarreglos, inventos sutiles al ras del detalle, modos de reconstruir un cuerpo y darle un borde, esgrimir sus contornos; hacer un lazo posible. Modos, en fin, de hacer la vida más vivible, y que sus rugosidades posibiliten -quizás- cierta vibración en el cuerpo sin que arda.
Palabra, cuerpo y goce no encuentran nunca la justa medida, siempre se malentienden y eso es estructural. Para todos. Lo fue para nosotras también.
Podemos decir que, a lo largo de este año, nos hemos convertido en parte de esta serie, encarnando lo que es por estructura el ser hablante, que no puede hacer más que arreglárselas con las contingencias que lo atraviesan, con las coyunturas que le tocan vivir, inventando cada cual a su modo.
Invitándolos, por supuesto, a este delirio compartido, que cuando es tal -por suerte- facilita un lazo, aún posible.
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