Oscuridades de lo materno

 

Encuentro 9 de Mayo de 2022 

Andrea Brunstein - Andrea Berger - María Marciani


 

 

Distancias 

Andrea Brunstein 


Samanta Schweblin nos cuenta de un modo descarnado, íntimo, oscuro la problemática de la maternidad. 

El relato de Distancia de Rescate (1) me llevó a buscar Nota sobre el niño, y encuentro una relación estrecha entre lo que ubica Lacan y la ficción.  

Lacan en Nota sobre el niño pone de relieve la importancia en la familia de la transmisión de un deseo que no sea anónimo 

Dice: “conforme a tal necesidad se juzgan las funciones de la madre y del padre. De la madre: en tanto sus cuidados llevan la marca de un interés particularizado, aunque lo sea por la vía de sus carencias. Del padre: en tanto su nombre es el vector de una encarnación de la ley en el deseo.” (2) 

El síntoma del niño se encuentra en posición de responder a lo que hay de sintomático en la estructura familiar. 

Agrega, y esta cuestión es la que quiero iluminar…”la articulación se reduce mucho cuando el síntoma que llega a predominar depende de la subjetividad de la madre. En este caso el niño está involucrado directamente como correlativo de un fantasma…si ella no tiene mediación (normalmente asegurada por la función paterna) deja al niño abierto a todas las capturas fantasmáticas. Deviene el objeto de la madre y ya no tiene otra función que la de revelar la verdad de ese objeto” (3) 

Es en la relación de Carola y David donde quiero detenerme. 

La autora nos cuenta bajo un relato de ficción, que en el pueblo donde estas familias se encuentran riegan los campos con agrotóxicos. Estas sustancias generan un envenenamiento que puede alcanzar la muerte. Esto le sucede al hijo de una de las protagonistas, a David. 

Carola, acude a la Casa Verde lugar donde se encuentra la bruja del pueblo ante la inminente muerte de su hijo buscando ayuda.  Es así como la propuesta por parte de la bruja es hacer una transmisión de almas, ya que el cuerpo pequeño de David no podría soportar el veneno. Es luego de hacer la práctica y apenas la madre ve a su hijo salir que no puede abrazarlo, dirá, “ya no era mi hijo” Desde la lectura que propongo es en ese momento donde se puede ubicar una vacilación del fantasma, donde se desconoce, se torna ajeno a ese otro tan íntimo. 

Podría decir que David funciona en una suerte de extimidad para esta madre, aquel otro tan íntimo se vuelve ajeno a la vez. 

Una escena lo pone de relieve. 

 Llega Amanda en su auto y ve a Carola que está a los gritos, alrededor de la casa donde se encuentran Nina y David. Carola ubica un peligro, el peligro para ella es su hijo. Amanda, quien vive temiendo a que algo pase, se asusta también. 

Carola le grita a Amanda: David está con Nina, le va a hacer algo 

Amanda, le dice: Es un chico… pero su temor crece 

Las dos madres entran rompiendo los vidrios a la casa y se encuentran con los chicos escondidos jugando simplemente a las escondidas. 

Al salir de la escena, Amanda le dice a Carola: Estas completamente loca 

Carola responde: Hay que tener cuidado con David 

Amanda agrega, cuidado hay que tener con vos y tu delirio de David, David, David. 

Desde nuestra lectura, decimos que sí, que Carola delira con la ficción de su fantasma. 

Distancia de rescate es un sintagma que cuenta bien sobre la relación de una madre y un hijo. El hilo entre ambos a veces puede quedar muy corto, otras demasiado largo, no hay la distancia exacta, por eso hay el síntoma. Vez a vez, caso a caso en la clínica, en la vida, podemos ubicar los síntomas y las lecturas fantasmáticas de quienes estamos enmarañados en las relaciones familiares. 


Referencias:

(1) Schweblin, S, Distancia de Rescate,Penguin Random House, Buenos Aires, 2014

(2) Lacan, J.,Nota sobre el Niño, Otros Escritos, Paidós, Buenos Aires, 2012, p. 393

(3) Lacan, J.,Nota sobre el Niño, Otros Escritos, Paidós, Buenos Aires, 2012, p. 393 

 




El vientre oscuro de la madre 

Andrea Berger 


Distancia de rescate, es un relato desgarrador, que muestra de manera descarnada y al extremo los efectos del veneno que el ser humano puede producir y esparcir en la naturaleza, así como también en sus relaciones con el Otro.  

Un veneno que entonces, no solo tiene lugar en el laboratorio sino en el seno mismo de las relaciones de familia.  

Por ejemplo, en las relaciones de filiación que durante siglos han estado santificadas por la religión del Padre.  

Especialmente la de la madre para con su hijo-a, relación elevada a la dignidad de un amor supuestamente puro, incondicional, indeclinable o locura o enfermedad en los casos que lo cuestionaran. 

Sin embargo, el relato que ponemos al trabajo tiene el valor de confrontarnos con lo oscuro de la maternidad en una historia que podría ser la de cualquiera.  

Una historia que hace aparecer lo condicionado, lo impuro, lo declinable de lo materno en la distancia justa que no existe, o en el hilo, que, al unir a una madre con su hijo, siempre peca por demasiado laxo o demasiado tenso.  

Así lo muestra la autora, en la experiencia maternal de rescate, que, con ese matiz fallido, que transmite el relato de Schweblin, delata que la temporalidad, para el ser hablante, al estar cernida por un vacío real, nunca alcanza el tiempo exacto, dejando como resto una sensación de anticipación, antelación o de retraso, demora.  

En “Distancia de rescate”, encontramos, que de manera fantástica (entre voces en off y esoterismo) se muestra, como se infiltra un veneno, una sustancia, que se produce no solo en el del laboratorio al servicio despótico del consumo, sino en el seno mismo del vientre materno.  

Un veneno que nosotros, analistas llamamos goce.  

¿Puede pensarse al amor maternal por fuera del goce que lo sustenta?  

Veneno-goce que les propongo ilustrar con una imagen que usa Lacan a la altura del Seminario 20. El del vientre oscuro de la araña.  

Imagen que toma del filósofo judío Baruch Spinoza, quien, dicen, se quedaba durante horas observando la pelea, el combate de los cuerpos entre arañas y moscas. Se divertía apasionado viendo cómo las arañas inmovilizaban y atrapaban con sus hilos de seda, con sus redes a las moscas.  

Todas las arañas tienen en su vientre una sustancia, material compuesto de proteínas, que, al contacto con el aire, produce, al solidificarse, los hilos de seda con los que tejen la red, la telaraña. Tela con la que atrapan a sus víctimas, se desplazan, escriben las huellas de sus movimientos y anidan.  

Lacan, resalta de Spinoza, la imagen del vientre oscuro de la araña. Vientre oscuro, que eleva al estatuto de misterio, sustancia que anida en el cuerpo y que sale por unos puntos-agujeros del oscuro vientre. Sustancia que es estasis, pero también secreción. 

Los invito a leer en Distancia de rescate, la historia de dos madres, que se confrontan de manera antagónica pero certera con lo oscuro que habita en su vientre.  

Una no encuentra a su hijo en su hijo, la otra no puede separarse de su hija. Una lo pierde, la otra no la suelta.  

Pero ambas, cada una a su manera, verifican el desencuentro, el destiempo, lo imposible de un rescate fecundo. No sin el rastro de ese veneno-goce de lo materno denotando la experiencia libidinal que implica.   

Experiencia que tiene la potencia de vivificar y mortificar a la vez. 

Tal como lo trabajamos en el encuentro anterior, la maternidad no es instintiva, ni natural ni bendición de los dioses.  

Es una experiencia de goce.  

En ese sentido, el amor maternal es una de las formas que puede tomar la secreción del veneno con la que se pueden tejer telarañas y atrapar cuerpos.  

Telarañas y cuerpos que pelean, tal era la pasión de Spinoza al observar a las moscar y las arañas…  

Pero también lo hemos subrayado en el encuentro anterior al trabajar la película “La hija oscura”, destacando: 

¿qué madre- salvo que sea una araña que se devora a su presa-, no pierde a su hijo?   O ¿cómo no entender que un hijo luche por no quedar apresado en el vientre oscuro de la madre? 

O como en la película “tacones lejanos”  

¿qué madre no actúa a ser madre? Como modo de contrarrestar, como antídoto, como formas, intentos posibles de vérselas, de hacer algo, de semblantes, arreglos-desarreglos con ese veneno… goce oscuro que anida en el vientre.  

  




El hilo de la vida 

María Marciani 

 

Son como gusanos.  

¿Qué tipo de gusanos? Dice Amanda 

Como gusanos, en todo el cuerpo.  

El chico que habla, me dice las palabras en el oído. Yo soy la que pregunta. ¿Gusanos en el cuerpo? 

Sí en el cuerpo 

¿Gusanos de tierra? 

No otro tipo de gusanos" (1) 

Así, de entrada, la autora nos da una pista de lo que se trata: se trata localizar el momento en que algo ingresa en el cuerpo, algo que evidentemente produce la catástrofe. 

Amanda es la voz del relato, una voz que intenta reconstruir desde los últimos minutos de su vida una historia que se pierde, se desvía, se enmaraña. Otra voz le va marcando esos desvíos que la alejan de lo importante, de los detalles, de los momentos precisos donde las decisiones pueden tomar un camino irreversible hacia lo peor. No es casual, a mi entender, que esa voz sea nada menos que la del niño que se ha tornado radicalmente Otro, un cuerpo extraño, ese rechazado por su madre: David, el monstruo 

En ese relato, nos vamos encontrando con Amanda, con el arreglo en el que Amanda se sostiene en la vida, un modo que se le impone, que “heredé de mi madre”. Ella decía: “tarde o temprano algo malo va a pasar y quiero tenerte cerca, mantengamos la distancia de rescate”. El invento-arreglo de la “distancia de rescate” no deja de suponer el peligro, por un lado, y por otro la única fórmula es la cercanía en ese vínculo primario, una burbuja de dos que reproduce ahora con su propia hija. 

La autora nos invita desde el comienzo a ingresar en ese mundo con una atmosfera aplastante, amenazante, con la omnipresencia de un veneno-goce (2) que no se puede mantener a raya, un goce que inunda el paisaje de una vida solitaria. El padre no entra, jugando un deseo en escena, ni el propio, ni el de su hija que es una voz, una referencia lejana al que se intenta llamar, pero llega demasiado tarde, tanto para ella como para su pequeña hija Nina.  

La referencia a su pareja es breve pero contundente, no la tranquiliza, prefiere conducir sola con su hija, él tensa el hilo. Dato que el final de la novela vuelve a confirmarse, lo vemos aparecer en un apuro constante y mostrando una extrañeza ante su hija que se filtra en el sueño, un hombre que no calma y agudiza lo extranjero. 

El encuentro con Carla, a quien la directora llama Carola en la película, no hace más que ratificar el peligro, ya que a ella le ha ocurrido lo peor, y David (su hijo) es la evidencia de eso, el hilo se ha cortado definitivamente, el hijo ya no es el propio. Era mío dice Carla, ahora ya no, para Amanda en cambio, su hija es “para toda la vida”. 

La oscuridad de lo materno se evidencia así de manera contundente y con certeza para Carla, que rechaza la otredad que implica la singularidad, la forma propia que ha tomado esa vida que no le pertenece.  

Amanda, en cambio, se debate permanentemente intentando una distancia imposible de lograr y que la reenvía a la angustia cada vez. Una solución todista que va por la vía de un cálculo constante, cálculo que no cierra ya que los gusanos-parásitos lenguajeros (3), esos que no son de la tierra, sino que se transmiten por la lengua (que no por nada Lacan va a llamar materna), no se detienen. Amanda ha quedado a merced de ese gusano, sin nada que ponga freno a ese veneno y el accidente se vuelve destino.  

Ser madre para Amanda la empuja más aún a esa oscuridad de un goce veneno que la mortifica, es el hilo de su propia vida el que se tensa hasta cortarse, sabe que debe irse, pero sin embargo demora su partida, no apuesta por la vida, queda atrapada en las redes del fantasma que, sabemos, toma siempre la forma de la mortificación silenciosa. ¿No es acaso éste el veneno que devora el cuerpo de Amanda, aún antes del accidente?  

Amanda intenta salidas de diversas maneras, lo heredado, un hombre, la maternidad, otra mujer, pero algo la detiene y queda atrapada en un pueblo que subsiste en base al lento envenenamiento de su población, la magia frente al desamparo, una salita de asistencia sin médicos que se vuelve escondite de las monstruosidades que el veneno produce y nadie quiere ver. Un pueblo que no es más que la metáfora de una época donde el rendimiento y la productividad van en contra de la posibilidad de la vida misma. ¿No es acaso también lo que Lacan pone en evidencia cuando nos dice que el discurso capitalista, en tanto explota al máximo un goce con pretensión todista, al que denomina goce fálico, no deja lugar para las cosas del amor? (4) ¿Podemos pensar en el amor sólo bajo este régimen de goce? 

La protagonista nos enseña cómo en algunos momentos aparece un goce que es “de otro orden”, (5) cuando conduce a su ritmo, cuando el hilo vital no se tensa y olvida las medidas, un goce no-todo, ese que la anima pero que no logra prevalecer, una vía para orientarnos sin apresurarnos en concluir… 

 

Referencias: 

(1) Schweblin, S. Distancia de rescate. Buenos Aires 2014. Editorial Random House, p. 11. 

(2) Lacan, J. Seminario 21, Clase 11 de junio de 1974. Inédito. 

(3) Ibid. 

(4) Lacan, J. Hablo a las paredes, Paidós, Buenos Aires, 2012, p.105-106 

(5) Lacan, J. Seminario 21, clase 21 de mayo de 1974. Inédito. 

 

     





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