Marcas del desamor

  

Encuentro 13 de Junio de 2022 

Cecilia Rubinetti - Alejandra Breglia - Lisa Erbin


 

 

 

 

Marcas del desamor 

 

Cecilia Rubinetti 

 

El libro de Negroni no se lee con facilidad. Abruma. Pesa. Hace sentir la carga dolorosa que condensa cada frase. Está construido con recortes superpuestos, con una modalidad de aproximación fragmentaria a las marcas del desamor. Con ese material fabrica una errancia hecha de palabras. Ronda así, alrededor del agujero con el que delinea su lugar en el deseo del Otro materno. La denuncia sobre el desamor materno recorre el libro de punta a punta. Es un hilo que hilvana una colección de escenas y juegos infantiles, con las palabras y su sonoridad. La palabra tilinga, la expresión ni que fueras retardada. La palabra angurrienta, la expresión vos sabrás, la palabra tupadre. 

Mi modo de entrar en el texto se apoya en dos preguntas, por un lado: ¿Cómo pensar esa marca, ese daño, esa herida? Y, ¿cómo entrever las respuestas o los arreglos en el tratamiento que el libro testimonia sobre esas marcas? 

Voy a empezar por la segunda de las preguntas, intentando rastrear sus modos de lidiar con ese agujero 

Entiendo que hay un compromiso del cuerpo en su escritura, un tratamiento poético que parece apostar a que pueda resonar otra cosa que el sentido. Una especie de censo de escenas ilegibles dirá. El daño, su dolor y la escritura como modo de tolerar el peso de lo escaseado, como apuesta en la que ella se sostiene a partir de su ejercicio 

Entre la colección de escenas infantiles que componen el relato quiero recortar particularmente una: Ella en el baño, frente al espejo, juega a insinuar un escote. De la habitación de al lado llega el sollozo sostenido de su madre. Preferiría nunca haberla escuchado, sin embargo, no puede dejar de hacerlo. Surge en esa secuencia una respuesta, un modo de resolver lo insoportable de esa afectación. “Salgo del baño en silencio, voy a mi cuarto y bajo las persianas. (…) Estoy clausurando algo y no sé qué es.” Un blindaje, un aislamiento, una anestesia. Va a volver una y otra vez a ese recurso. “Siempre supe suprimir cosas, personas, lugares. Lo aprendí aquella vez de la siesta cuando vos llorabas y yo bajé las persianas. Lo practiqué al pegar el portazo en la casa elegante (…) Me perfecciono cada vez más. Me blindo, me vuelvo inexpugnable. (…) Todo es tajante en mi mundo. Todo construye un régimen de muros.” Anular lo que afecta implica suprimirse en ese mismo movimiento. Ese blindaje la deja en la intemperie misma de la frialdad que la daña, se vuelve de hielo para combatir el frío. Es un recurso que la defiende y la arrasa a la vez. La deja ajena a lo amoroso. La deja sin un cuerpo con el que afectarse, exiliada de un ejercicio vivible del amor. “Hay que avanzar a ciegas, - dice - sin poder recuperar (o retener) el cuerpo, salvo como alien o muerto que retorna.” De este recurso dirá que fue su forma de evitar el cáncer de las cosas. Ese refugio es la antesala de la poesía. Una antesala que es más bien un bunker que la deja aislada en la aridez de lo blindado. La apuesta a la poesía podemos pensar que viene al lugar de lo arrasado por este arreglo. La poesía sacude el cuerpo, conmueve. Aporta el ordenamiento mínimo de la rítmica. Introduce la sonoridad musical de la resonancia. Negroni parece entregarse a la poesía como tratamiento del desasosiego. “La poesía, lo entenderé después, no tiene interés en temas ni en personajes. No cuenta historias. No inventa mundos. Reemplaza lo que no hay por la alegría, acaso incongruente de intentar nombrarlo.” No es con cualquier escritura, no usa el lenguaje para explicar o comunicar, ni tampoco para saber: con la poesía pareciera recuperar el cuerpo que el blindaje le expropia. Es un recurso que reconecta con el corazón del daño, vuelve siempre a un mismo lugar: “Hay batallas que no pueden ganarse ni perderse: esa es mi poética. Tu cuerpo, Madre, apenas llegado, decía: Estoy ausente. A esto le he llamado escribir.” Queda pendiente quizás pensar si este modo de reconectar el cuerpo a lo amoroso que se sostiene a partir del trabajo permanente que hace la escritura poética, permite articular un ejercicio lo amoroso más allá. No hay pistas de eso en el texto, ni del lazo amoroso a los hijos, ni al partenaire. Podríamos dejar planteada la pregunta por los alcances de ese arreglo para el sostenimiento del cuerpo en el lazo amoroso. 

Hasta acá lo que fui recortando de los alcances de sus modos de arreglárselas con esa marca indeleble. Dejé para el final algunas preguntas sobre el estatuto de la marca de desamor. Podemos recortarla clínicamente en dos versiones, en los efectos que testimonian lo indeleble de haber sentido lo genuino de ese modo de alojamiento amoroso o por contrario lo devastador de su ausencia. En ambos casos dejan una marca crucial, de un presente continuo, que funciona de sostén o como un modo de desamparo que acecha. Es un terreno complejo de definir pero que clínicamente se manifiesta muchas veces en cortocircuito con el armado de algunos arreglos sintomáticos. Sólo para ir arrimando algunas hipótesis podemos interrogar si lo indeleble de esas marcas no se podría leer desde una perspectiva más real del amor. Algo del amor que excede al pacto simbólico de reconocimiento y que desborda las respuestas fantasmáticas al “qué me quiere?”. Hay un hilo a seguir en este punto para intentar entender el valor anudante del amor y su participación en el síntoma.  

El antecedente más claro que tenemos en ese sentido son las elaboraciones de Lacan en relación a la clínica de la angustia y su relación con la pérdida de sostén del lugar en el deseo del Otro. Las coordenadas del empuje al pasaje al acto y el acting out nos pueden orientar en el intento de releer alguna de estas escenas en su valor desanudante. Encontramos en el texto de Negroni algunos indicios para leer clínicamente su “portazo” en términos de una salida radical de la escena, que podría pensarse como pasaje al acto. 18 años, prepara un bolso en silencio y se va. “Parto sin saber el lado que quería, ni el dónde al que iba exactamente. (…) me fui sin más notarlo. (…) Ignoraba también que huir de vos sería (…) eterna rotación al sitio en el que estás y estarás siempre, desquerimiento mucho, antes del lenguaje. (…) Mi nombre en consonancia con mi vida, me lo cambié.” Eyectada de la escena, empuje a desligarse de todas sus marcas, empujada a la precariedad una deriva clandestina sin brújula clara.  

En la clínica de la angustia encontramos indicaciones de Lacan que conciernen a la posición del analista en el punto justo en que la interpretación no es operativa. La apuesta se sostiene más bien en el intento de alojar, de hacer valer en acto un modo alojamiento en el deseo del Otro. Podríamos localizar en estas coordenadas la puesta en acto de una dimensión real del amor que sostiene el deseo del analista. Es una vía posible por dónde acercarnos a dar forma a cuál puede ser el lugar de una dimensión más real del amor a nivel de los arreglos y desarreglos sintomáticos y a la vez una interrogación que concierne a nuestra posición como analistas frente a eso.  

El encuentro con el texto de María Negroni abre estos caminos de indagación que intenté empezar a delinear. Lleva a interrogar el estatuto de esa marca de alojamiento o desalojamiento en el deseo del Otro y traza algunas coordenadas para una posible lectura en términos sinthomáticos 


 




La sal no sala y el azúcar no endulza.  

 

Alejandra Breglia 

 

 

 

"El silencio se estira. Hasta acá llegamos.  

Mamá es ese centímetro de piel inalcanzable entre mis omóplatos,  

ese pedazo que me pica y no me puedo rascar". 

 

Con una prosa simple pero contundente, la autora nos presenta un relato conmovedor en su sencillez respecto a los vínculos familiares. La Sal es, principalmente, un relato que muestra cómo -a través de un viaje- una hija, Ema, ya adulta, embarazada de su segundo hijo, intentará encontrarse con su madre, Elena, allí donde el vínculo estuvo siempre enmarcado por la frialdad y la distancia. 

A lo largo del viaje, que podríamos emparentar con el recorrido de un análisis, se visitan aspectos y momentos de esa relación, donde quien relata, Ema, nos cuenta de manera sutil, ciertos efectos subjetivos de vivencias de infancia, que brindan un encuadre fantasmático a esta mujer que busca –ahora en su adultez- en su madre esquiva y distante algunas respuestas sobre sus propias angustias.  
Ella se ha convertido en madre también, y a veces se ve peligrosamente parecida a esa madre a la que tantos reproches le dirige internamente, en una sentencia aterradora, declara: “Aunque me esforcé por ser distinta, me parezco a ella; las hijas siempre contienen a sus madres.” 

El relato comienza con el accidente que sufre Ema a sus 11 años, y que la ubica por primera vez ante la inconsistencia del Otro. El accidente –contado desde su voz adulta- ocurre cuando la niña sube al techo de tejas de la casa de veraneo a decorarla para la navidad y se cae, teniendo como consecuencia una inmovilidad casi total de su cuerpo por cuatro meses. A partir de allí, Ema queda al cuidado de “otra madre”, solo Juvencia supo hacer con su cuerpo, una madre de uniforme que le cantaba en guaraní y le frotaba las plantas de los pies con pomadas mágicas para que pudiera, finalmente, ponerse de pie y sentir el equilibrio. 

Antes de caer, subida en esa escalera, Ema ve a su madre encerrada en el auto, allí huía asiduamente de lo opresivo de esa casa familiar para fumar o leer, sola con su goce. La niña la divisa desde las alturas y la madre ve a su hija trepar y luego caerse, nos enteraremos luego.  

En esas coordenadas, la caída podría tomar el valor de un acting, un llamado al Otro, a que el Otro responda. Una caída ubicada en dirección a captar la mirada de la madre, a conmoverla, a torcer el rumbo de esa frialdad. Siguiendo esa hipótesis podríamos ubicar el accidente como una marca pero que no arma destino. 

Frente a una madre para quien la distancia es la medida, distancia suficiente que le permita la huida y el encierro en su goce, en una suerte de reverso de la “distancia de rescate”.  

En el caso de Ema, el hilo se tensó demasiado y cayó, aunque –por lo que inferimos del relato- no cae como resto, como objeto residuo del Otro materno. Ema muestra sus recursos y agallas para asir y sostener algo del deseo materno en sus marcas, en las marcas que el desamor materno deja ella fue construyendo sus respuestas frente a un Otro que huye. 

Y así Ema refiere varias versiones maternas, que pueden convivir en una madre y que la hacen por ello mismo, no-toda, inconsistente, allí donde esa multiplicidad lo que nos muestra también, es lo dificultoso de nombrar lo propiamente materno. 

_Madre espantada: “Pero cuando me llevaron de vuelta a mi habitación, el primer espejo en el que me vi reflejada fueron los ojos de mamá. Lloraba de espanto. Tuvo que llevarse una mano a la boca para ocultar el temblor de sus labios.  

-Madre desesperada: “No pasa nada, ma, estoy bien -la consolé. No sirvió. No había manera de reanimarla.  

-Madre negadora:Hacía años que había incorporado a su anatomía un órgano negador. 

-Madre impermeable. “Me gustaría decirle que me tiene a mí, que se puede apoyar en mí, pero yo no le intereso de esa manera. No sé qué ve cuando me mira”. 

En definitiva: “Una mala madre. Como todas”, dice Elena de sí misma cuando su hija Ema le pregunta cómo piensa que es como mamá. 

Pero ¿de qué se sirve Ema? 

Quizá una incipiente respuesta la encontremos en cómo va reconociéndose de a poco en el entramado familiar y encontrando allí su parte que le corresponde: “Yo también necesito viajar en el tiempo para entender mejor de qué estoy hecha; las familias, como las cosas, se transforman en una versión de lo que fueron antes. (…) Nadie forma su propio yo de la nada.” 

Si bien en el relato no abundan signos de prolíferos arreglos subjetivos, ni de estrepitosos desajustes, en definitiva, el viaje, como intento de ubicar la lógica que conduce al Otro materno a mantenerse a distancia, conserva y muestra el recurso de la huida, y es allí donde Ema se siente concernida.  

Me pregunto si fue justa conmigo. Me pregunto si yo fui justa con ella. Pienso un poco más. La justicia no tiene nada que ver con la maternidad. La maternidad tiene que ver con una dependencia tan real como accidental.” 

Retomando la idea del recorrido de un análisis, podría interpretarse que al transitar ciertos tramos y producir algunas escansiones, un sujeto puede viajar a ese lugar tan propio leer en esas marcas del cuerpo hablante qué lo vincula con lo accidentado e inconsistente del Otro, y cómo el parlêtre responde con lo más singular, que lo agita y conmueve y que puede mostrarse tan incómodo como inalcanzable.  

Nota: Las citas en cursiva y comillas corresponden al libro “La sal” de Adriana Riva (2019), Hwarang Editorial 




Contrapunto  

 

Lisa Erbin 

 

Las dos novelas que elegimos trabajar están atravesadas por el momento de duelo a la madre. Sin duda el recorrido del mismo esta signado por preguntas que se abren y recuerdos, intentos de responder allí donde en la bifurcación de los caminos, recordar podía equivaler a unir (y a perdonar)1, dice el personaje sin nombre de El corazón del daño. Ella se vale del recurso a la escritura, a poetizar esa relación tan árida con su madre. Así larga la pluma a dejar trazos de momentos y sensaciones de su agujero negro. Frases e imágenes cual piezas sueltas. Ha quedado un cráter. Pasado y futuro, futuro y pasado arman una banda de Moebius. No arma un gran relato, una ficción, un sentido a eso inasible que era el hilo madre hija. 

Lectura y escritura son para el personaje una forma de poner alguna distancia de esa madre. Un arreglo a ese intenso lazo, a ese amorodio, a ese estrago. Palo a la boca de cocodrilo, tope a la fagocitación, al pegoteo. Un biombo. Esa fue otra representación que tomé en una clase del año pasado en este seminario valiéndome de un texto de Miller: Lacan con Joyce2 y el lugar de biombo de la escritura para Joyce. Algo que separe, que delimite espacios entre madre e hija, entre hija y madre en este caso. La protagonista da cuenta de su deseo de devorar a la madre, del hambre insaciable de su madre araña, así lo dice, me aferré a la lengua umbilical3. Hay una doble dirección en ese lazo en la cual la sujeto da cuenta de su posición subjetiva: Mi madre: la ocupación más ferviente y más dañina de mi vida. Nunca amare a nadie como ella4. Goce de la hija.  

En la misma línea Pequeño museo de cera, es una descripción de su vida en escena, pero más me importa resaltar como representa ella su respuesta, dice: la muñeca cierra los ojos y después se pasa la vida enteran en el agujero negro de las palabras5. Sabemos que lo importante es la insondable decisión del ser, ahí se juega la partida. Decisión de cerrarse y sumergirse en les agujero de las palabras negra. Escribir es esforzarse por agotar el decir para llegar más rápido al silencio6. Necesidad del personaje de silenciar esa madre que aun escucha, esa voz, esos dichos…entonces podríamos decir que la escritura le funciona con un efecto de arreglo.  

Otro recurso es el de apoyarse en la lectura para recortar resonancias. Tomar de la biblioteca, de la voz de otros escritores, frases que le armen cuerpo e ideas, le calmen la tiránica voz materna. Buscar ahí algún sentido, alguna trama que repare algo del agujero, de la distancia, que la saque del pantano. 

Con distintos recursos cuenta Ema, personaje de La sal. Un viaje como travesías: el nudo de la novela. Road movie familiar femenino que intenta la vía de la comprensión, la posibilidad de historiar e hysterizar. La madre, la infancia, los pueblos, las raíces, va siendo mirados por el espejo retrovisor de la vida. Hacer algo con los recuerdos pulverizados7 

Esforzarse para ser distinta, aún ubicando que tanto se parece a ella, mala madre, como todas. Pasar de la madre a la hija y de ahí a la hija-madre con su hijo y el embarazo en curso, un deslizar que no tiene la otra protagonista. Repensar a la madre desde la propia maternidad. Ubicar versiones, ficciones de una y otra que no coinciden. Postulo que el amor ha sido una vía que le ha permitido esos otros lazos: partenaire, hijos, hermana, tía, sobrinos…la que no se puede leerse en el primero de los personajes. 

Lo que hubiera podido fijarla en una escena traumática de caída no deja esa marca. La sujeto no consiente a quedar en ese lugar. Ella puede ubicar la necesidad de su madre de una distancia, de estar sola, de irse sin hacer de eso una lectura de ser la causa, el desecho. Ahí unos detalles como la mediación de un tercero, Juvencia, que es nombrada por la madre para estar siempre cerca de la niña pero que la preserva de una proximidad que ella no puede encarnar: leer un cuento, dar un abrazo, poder soportar la angustia. Entonces no es la caída sino la partida de Juvencia lo que queda como marca del fin de la infancia, cabeza revuelta y sucia” “en cuerpo de niña8, sola. 

Otro tercero en esta relación es el padre de Ema. Elena se ubica como “la mujer de” este hombre, una mujer que no hace de su hijo la única causa de su deseo. 

Cada una de ellas nos enseña lo que va logrando hacer en relación al lazo con sus madres, al amor/ desamor en sus variadas formas.  

¿Quién es mi madre? y ¿cómo alguien existe, aún hasta cuando no está? son las dos preguntas que quedarán en el tiempoTal vez dos preguntas que, en el mejor de los casos, nos atraviesan a todos 

 

 

     




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